Si Dios cuida de mi, ¿qué me puede faltar? ni un solo instante, no, me deja de mirar; mi vida suya es, cual diestro tejedor, la va tejiendo El, con infinito amor.
Hilo por hilo, tejiendo va, si tú le dejas, ¡que bien lo hará!.
Después del huracán, un pájaro cayó, no creas que eso fue, sin permitirlo Yo, el pajarillo aquel, se vende por un as, no tienes que temer, tú vales mucho más.
No ves con qué primor, El sabe engalanar, al lirio que tal vez, mañana han de cortar, pues si a una humilde flor, cuida tu Dios así, ¡con qué infinito amor no cuidará de ti!
En el cielo se ven, mil estrellas brillar, Dios las conoce bien, Dios las puede contar.
Si El mismo fue, a buscar la oveja, que perdió, jamás me ha de olvidar, aunque le olvide yo.
Dios es mi Padre, mi Padre es Dios, Dios es mi Padre, ¡Qué feliz soy!
Acto De Confiaza (San Claudio De La Colombiere S.J.)
Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en ti y de que no puede faltar cosa alguna a quien de ti las aguarda todas, que he determinado vivir en adelante sin ningún cuidado, descargándome en ti de toda mi solicitud.
Despójenme los hombres de los bienes y de la honra, prívenme las enfermedades de las fuerzas y medios de servirte, pierda yo por mi mismo la gracia pecando; que no por eso perderé la esperanza, antes la conservaré hasta el postrer suspiro de mi vida, y vanos serán los esfuerzos de todos los demonios del infierno para arrancármela, porque con vuestros auxilios me levantaré de la culpa.
Aguarden unos la felicidad de sus riquezas o talentos; descansen otros en la inocencia de su vida, en la aspereza de su penitencia, en la multitud de sus buenas obras, o en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí, toda mi confianza se funda en la seguridad con que espero ser ayudado de ti, y en el firme propósito que tengo de cooperar a tu gracia.
Confianza como esta jamás a nadie salió fallida. Así que seguro estoy de ser eternamente bienaventurado, porque espero firmemente serlo, y porque tú, Dios mío, eres de quien lo espero todo.
Bien conozco que de mi soy frágil y mudable; sé cuánto pueden las tentaciones contra las virtudes más robustas; he visto caer las estrellas del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de eso logra acobardarme.
Mientras espere de veras, libre estoy de toda desgracia; y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta esperanza invariable. En fin, para mí es seguro que nunca será demasiado lo que espere de ti, y que nunca tendré menos de lo que hubiere esperado.
Por tanto, espero que me sostendrás sin dejarme caer en los riesgos más inminentes y me defenderás aun de los ataques más furiosos, y harás que mi flaqueza triunfe de los más espantosos enemigos.
Espero que me amarás a mi siempre, siempre, y yo a mi vez te amaré sin intermisión; y para llegar de un solo vuelo con la esperanza hasta donde puede llegarse, te espero a ti mismo, oh Criador mío, para el tiempo y para la eternidad.
Ante tus ojos, Señor, ponemos nuestras culpas, y junto a ellos ponemos los castigos recibidos. Si pesamos el mal que hemos hecho, es menos lo que padecemos y más lo que merecemos. Es más grave lo que cometimos, y más leve lo que sufrimos. Sentimos la pena del pecado, y no quitamos la pertinacia del delito. En tus castigos se aniquila nuestra debilidad, mas no se muda nuestra iniquidad.
Se inclina el espíritu dolorido, pero no se doblega la cerviz. Nuestra vida suspira en el penar, pero no se enmienda en el obrar. Si esperas, no nos corregimos; si castigas, no lo sufrimos. Mientras dura el castigo, confesamos lo que pecamos; cuando pasa tu visita, olvidamos lo que lloramos.
Si extiendes tu mano, prometemos obrar bien; si suspende el golpe, no pagamos lo prometido. Si hieres, clamamos para que perdones; si perdonas, de nuevo provocamos para que hieras. Tienes, Señor, reos confesos; reconocemos que si nos perdonas, es justo que nos castigues.
Concédenos, oh Padre omnipotente, aunque no lo merezcamos, lo que pedimos, pues hiciste de la nada a los que te lo pedimos.